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#hoyleemos: “Viaje al centro de la Tierra” de Julio Verne

“Como muchos escritores que en su día tuvieron éxito, Julio Verne ha quedado hoy relegado a ese espacio borroso de la “literatura juvenil”. No está mal acompañado: Kafka, Dickens, Conrad, Melville, Stevenson, Hesse, Salinger, Dostoiewski...” / Fermín Cabal

viajealcentrodelatierra

 

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“Al principio no vi nada. Mis ojos, desacostumbrados a la luz, se cerraron bruscamente. Cuando pude abrirlos de nuevo, me quedé más estupefacto que maravillado.

— ¡El mar! –exclamé.

— Sí –respondió mi tío–. ¡El mar Lidenbrock, y quiero creer que ningún navengante me disputará el honor de haberlo descubierto y el derecho a darle mi nombre!

Una inmensa capa de agua, el comienzo de un lago o de un océano, se extendía hasta más allá de los límites de la vista. La orilla, ampliamente abierta, ofrecía a las últims ondulaciones de las olas una arena fina, dorada, sembrada de esas pequeñas conchas en las que vivieron los primeros seres de la creación. Las olas rompían con ese sonoro murmullo particular en los espacios cerrados e inmensos. Un viento moderado levantaba con un soplo una ligera espuma, y algunas salpicaduras me llegaban al rostro. Sobre la playa, ligeramente inclinada, a unas 100 toesas del límite de las olas, venían a morir los contrafuertes de enormes rocas que subían ensanchándose y perdiéndose a una altura inconmensurable. Algunas de ellas, rasgando la línea de la orilla con su aguda arista, formaban cabos y promontorios roídos por el diente de la resaca. Más lejos, la mirada podía seguir su masa claramanete perfilada sobre el fondo brumoso del horizonte.

Era un verdadero océano, con el mismo contorno caprichoso de las orillas terrestres, pero desierto y con un aspecto salvaje. Mis ojos podían pasearse a lo lejos por el mar ya que una luz “especial” iluminaba los mínimos detalles…”

Viaje al centro de la Tierra / Julio Verne
Julio Verne en las Bibliotecas UPM
Julio Verne en Wikipedia

#hoyleemos: “Yo, Claudio” de Robert Graves

“Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestaros todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido de mis parientes, amigos y colaboradores como “Claudio el Idiota”, o “Ese Claudio”, o “Claudio el Tartamudo” o “Clau-Clau-Claudio”, o, cuando mucho, como “El pobre tío Claudio”, voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida. Comenzaré con mi niñez más temprana y seguiré año tras año, hasta llegar al fatídico momento del cambio en que, hace unos ochos años, a la edad de cincuenta y uno, me encontré de pronto en lo que podría denominar “la jaula dorada” de la cual jamás he podido zafarme desde entonces…”

Yo, Claudio / Robert Graves – Alianza Editorial
“Yo, Claudio” en las Bibliotecas UPM
“Yo, Claudio” en Wikipedia.

#hoyleemos: “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez

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Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta desmostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia –pregonaba el gitano con áspero acento–, todo es cuestión de despertarles el ánima”. José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno. “Para eso no sirve”. Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos a nimales para ensanchar el desmendrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. “Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa”, replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer…”

Cien años de soledad / Gabriel García Márquez — Ed. Alfaguara
Cien años de soledad  en las Bibliotecas UPM
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