Cuentos de la Malá Strana. Jan Neruda

Cuentos de la Malá Strana
Jan Neruda
Madrid : Cátedra, 2017
Povídky malostranské (1878)
Traductor: Antonio Rivas González
Introducción: Antonio Rivas González y Miguel Ángel Vega Cernuda

Hace unas semanas, la lectura de De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz, nos transportaba a la Praga misteriosa y mágica que se suele asociar a la época de Rodolfo II, en la que se mezclaban alquimistas, astrónomos, magos, gabinetes maravillosos y… una buena dosis de leyenda. Hoy, en virtud de las diferentes visiones que la literatura ha dado de esta ciudad, vamos a echar un vistazo a una Praga muy diferente, la versión costumbrista que nos ha legado Jan Neruda en su Cuentos de la Malá Strana.

Jan Neruda, nacido en 1834 en el “barrio pequeño” de Praga, o Malá Strana, fue un escritor realista con una gran capacidad para la observación y el detalle. Preocupado por el renacimiento de la cultura checa, en su obra busca enriquecer y cuidar su propia lengua, relegada en esa época por el alemán, que se imponía como lengua oficial del Imperio Austrohúngaro.

Los Cuentos de la Malá Strana, posiblemente su obra más conocida, conforman un retrato de las gentes de la época, su manera de vivir, su forma de hablar y de comportarse. Por una parte, se aprecia el cariño que el autor siente por ellos, pues al fin y al cabo forman parte de su infancia, pero al mismo tiempo es notable su lamento por el atraso social y cultural en el que aún están inmersos.

En la Casa de los Dos Soles, localizada en la calle hoy llamada Nerudová (pues allí vivió Jan Neruda), conocida en la época como Ostruhová, comienzan estos cuentos. Se trata de una corrala en la que Neruda nos permite curiosear no solo el día a día de sus habitantes, sino también el interior de sus pensamientos, de sus deseos, y de sus pobres habitaciones alquiladas con vistas al monte Petřín. A partir de aquí, y hasta el último relato, que vuelve a localizarse en otra vivienda similar -éste más amargo y crítico que el primero- se suceden los relatos de personajes independientes, con alguna anécdota que recordar, entre los que por ejemplo podemos ver cómo era el fenomenal odio que se dedicaban los señores Ryšánek y Schlegl o cómo, en uno de mis favoritos, el señor Vorel se fue a la ruina víctima del rechazo a lo novedoso propio de sus vecinos.

En aquel tiempo todo tenía su sitio determinado, instalar de repente una tienda de sémolas allí donde había antes, por ejemplo, una tienda de comestibles era una de esas cosas tan descabelladas que ni se le ocurría a nadie. Una tienda se heredaba de padres a hijos, y si a pesar de todo se le traspasaba a algún forastero de Praga o del campo, los nativos no lo veían como a alguien demasiado extraño, mientras se sometiese al orden acostumbrado y no los enredase con novedades. Pero él, el señor Vorel, no solo era un completo forastero, sino que además instaló su tienda de cereales en la casa del Ángel Verde, donde hasta ese momento no había habido ninguna tienda en toda la vida.

Cuentos de la Malá Strana es una buena forma de trasladarse a una época que ya no existe, pero que retrata, empleando con frecuencia recursos humorísticos, actitudes y tipos humanos que muy bien pueden encontrarse hoy en día.

Un comentario

  • José Alejandro Martínez
    José Alejandro Martínez

    Hace tiempo leí a Neruda y me impresionó su exploración del submundo urbano, la marginalidad y los ambientes policiales. Tenía un realismo que me parecía muy adelantado a su tiempo. También detecté algún rasgo de antisemitismo, lo cual no era nada raro en los escritores de su época y menos en un autor vinculado al movimiento checo de reivindicación de su cultura nacional: el mundo judío praguense estaba a su vez conectado con el conjunto de la Mitteleuropa austrohúngara y germánica en general, a través de la lengua alemana. Por otro lado es impagable esa referencia al proceso histórico de transformación desde un modelo de ciudad estable, gremial, aparentemente inmutable, a otro de urbe moderna, industrial, despersonalizada, desarraigada y efímera, cuya expresión extrema experimentamos en nuestra propia época: creo que Paul Virilio y Marc Augé tendrían algo que decir sobre Malá Strana. Preciosa reseña.

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