Cuarta Cultura

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6 marzo, 2018
por Guillermo Marco
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El arte es un algoritmo

"Try Not To Think too much" (2018) Eugenio Ampudía

El domingo 25 de febrero decidí, muy domingueramente, pasearme por ARCO. Fui acompañado de una pintora cuyos últimos trabajos habían sido de vanguardia y queríamos, yo desde mi punto de vista de neófito y ella desde la piel curtida por la transición naturalismo-vanguardia y por el precio de la entrada (20 euros la reducida, 30 la estándar) hacernos un idea del estado del arte contemporáneo.

Por casualidades de letraherido, la semana previa había leído con atención La deshumanización del arte de Ortega y Gasset, libro que nutrió filosóficamente mis pies, mi paseo por el arte este domingo. Frases como esta «Me ha movido exclusivamente la delicia de intentar comprender —ni la ira ni el entusiasmo. He procurado buscar el sentido de los nuevos propósitos artéticos, y esto, claro es, supone un estado de espíritu lleno de previa benevolencia. Pero ¿es posible acercarse de otra manera a un tema sin condenarlo a la esterilidad?» me acompañan mientras me dejo arrastrar por la pasarela mecánica que me llevará a los pabellones 7 y 8 de IFEMA. Al pasar mi entrada por el torno frío, en seguida me doy cuenta de que una feria no es el mejor sitio para ver arte; el objetivo de una feria es vender los objetos feriados y, además, la disposición en stands cuadrados dificulta la contemplación de todas las piezas; la falta de un sentido unitario o temático del arte contemporáneo es una definición perfecta de la contemporaneidad. Me acuerdo, en mi actitud de paseante, del ensayo-novela de viajes Kassel no invita la lógica de Enrique Vila-Matas, origen de mi interés por este arte; en ella, al autor le proponen ser una pieza artística: ha de estar escribiendo en un restaurante chino a las afueras de Kassel, en esta ciudad es donde se celebra la mayor exposición de arte contemporáneo: la documenta.

ARCO no es documenta. Centenas de autores exponen a través de galeristas de todos los países sus obras con el fin de venderlas. La etimología de autor, es auctor, que aumenta; los latinos llamaban así al general que ganaba para la patria un nuevo territorio. ¿Hasta que punto conquistan territorios las piezas que contemplo? Ciertamente no lo sé. La vanguardia está vieja. Como globos aerostáticos, nuestros ojos van de aquí allá, de lienzo a escultura, y ya no nos sorprende ver cuadros cubistas o abstractos; en seguida percibimos que el lienzo está agotado; sin embargo, la vanguardia vieja mantiene una actualidad universal; Cervantes, Kafka, los ismos, todo aquello que se aleja de la inmediata representación de la realidad, de la mímesis griega, nos parece rompedor, aunque se haya roto hace 100 años y hoy se imita la no imitación, con la misma ingenuidad (el arte nuevo, por nuevo, es un arte ingenuo, decía Ortega). Pero en este caso la ingenuidad se torna excesivamente adulta, la espontaneidad desaparece, y miramos esa solemnidad del rebelde anacrónico que rompe platos a posta con más ternura infantil que admiración heroica.

Por ese agotamiento de la dos dimensiones el arte conquista el suelo, el aire; pierde la pesada carga humana que aplasta las narices de los reyes ecuestres contra el vidrio empañado del lienzo y es habitual ver cosas, cosas, cosas, y paseantes de la feria aproximando la cara al plano del cuadro para ver su tridimensionalidad. Un ejemplo, así es la pieza de François Buche, el cual recoge un archivo de fotografías de paseantes (como yo hoy) y las apila en función de un algoritmo que modela el tiempo como una onda. El arte es un algoritmo.

Bien, el arte de vanguardia nace del objeto más que del sujeto. Entonces, ¿sigue el arte contemporáneo siendo más de lo mismo? La primera impresión es que sí. La tecnología, la promesa de lo más insólito de nuestro tiempo, ¿dónde está? Hay un gusto por lo vintage; si ha de aparecer una televisión en la pieza, se elige una de tubo de rayos catódicos; si se trata de una pieza en la que se proyectan unas líneas imbricadas en una habitación oscura, se proyectan con transparencias. La pieza artística (vintage o no) se convierte en “instalación”, no lienzo, no escultura. A pesar de todo, empieza aparecer la electrónica; Eugenio Ampudía (http://www.coleccionbeep.org/obras/try-not-to-think-so-much/) ganó el premio de Arte Electrónico (existe una feria de arte electrónico) con una pieza que consistía en placas impresas negras, recortadas para formar la frase “Try not to think so much”, y programadas para la emisión de ruidos. Esta pieza es mi preferida, su ironía elegante y sutil de modular la parlotería de los críticos me parece troyana: encima les gana un premio. En palabras del autor:

Los críticos han dicho de esta obra:

Con esta pieza Ampudia continúa la línea de trabajos anteriores al enfatizar el carácter del arte como medio de comunicación efectivo, pero en esta ocasión el artista juega con la paradoja de romper ese flujo a través del ruido comunicacional. Al aplicar el término “ruido” a la comunicación, no sólo se habla del molesto sonido sino de cualquier interferencia en ese proceso. Con esta obra se alude así al tipo de ruido comunicacional con el que habitamos y que nos envuelve, y que se transforma en un silencioso método de influencia en nuestro entorno cotidiano.

El artista apunta a esa comunicación que en el mundo del arte tiende a ser endogámica y autorreferencial mientras promulga discursos que supuestamenete pretenden acercar la cultura al espectador. El hecho de que el ruido de la pieza esté realizado a partir de la apropiación y superposición de teorías relacionadas con el mundo del arte, difícilmente tangibles, hace un guiño al aparato teórico junto con los códigos que sustentan el sistema artístico. La frase es un amplificador compuesto, y cada letra que la forma tiene una misión perturbadora, que le sirve a Ampudia para configurar un relato entrecortado que también habla de la subjetividad del discurso y abre puertas hacia pensamientos como el del discurso del poder o el poder del discurso de Foucalt.

¡Qué ridículo es el crítico explicador! El extranjero llega a un país que cree conocer y habla en inglés con seguridad, pero nadie le comprende. Desesperadamente cambia de código, la mímica puede ayudar; la cara del interlocutor se arruga y este hace más aspavientos. El crítico explicador es algo así como el extranjero con una sintaxis endemoniada; ojalá se explicase por medio de la mímica con el mismo barroquismo hasta quedar sudoroso y exhausto para finalmente retirarse a descansar y así quitarse de en medio de la pieza mientras nosotros contemplamos las cosas.


To Fix It round clock (2016) de Lilian porter, mi cosista favorita http://lilianaporter.com/pieces/medium/installation

Cosas, cosas, cosas, los artistas son cosistas. Ramón Gómez de la Serna podía escribir un libro a los objetos de un rastro, al circo; hay un gusto por lo insólito… Por entonces, el arte nuevo era irónico. A comienzos del siglo XX, el arte se ríe de sí mismo incluso se ridiculiza (lo sepa el autor o no). He aquí mi decepción; el arte expuesto ha perdido la ironía; cuando la vanguardia experimenta ha de estar dispuesta de reírse de sí misma, de frivolizarse como caricatura insatisfactoria de un proyecto artístico. El arte de ARCO me pareció demasiado solemne (por eso me gustó la obra de Eugenio); deshumanizamos el arte con gesto triunfal y la humanidad que queda tiene forma de ego de autor. Ay, el postureo. En ARCO primero era la impostura. Y después, el arte. Cuando me aíslo de la impostura empiezo a disfrutarlo. Porque, a pesar de todo, me es difícil ocultar mi entusiasmo por la vanguardia. Ella demostró la independencia del sistema creativo sobre la realidad. En el surrealismo, por ejemplo, el lenguaje se muestra como un sistema independiente de los objetos que referencia; establece conexiones insólitas que fuera de escaparse de la lógica de la realidad, proponen nuevas relaciones sutiles para una sensibilidad y un racionalismo superior.

—¿Qué pasará con las piezas cuando la feria se acabe? —pregunta mi compañera mientras pisa un suelo pintado con manchas vanguardistas—. Por ejemplo —señala suelo, señala los objetos que dependen de la instalación y dice—, esto será basura seguramente.

El tema de nuestro tiempo es la basura. La publicidad, los tuits, las amistades de Facebook, todos las piezas llamadas instalaciones en cuanto se extraigan de su espacio artístico serán basura.

 

28 febrero, 2018
por Guillermo Marco
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Juego e ingeniería: crónica FIRST LEGO League UPM

En el recibidor, los voluntarios de camiseta azul parecen algo dormidos; nos hemos levantado a las seis para acudir a las siete y media a la Escuela Técnica Superior de Sistemas Informáticos (ETSISI) en Vallecas. Yo, que francamente estoy tan perdido como ellos somnolientos, pregunto:

—¿Qué hay?

Me mira como averiguando mi perfil: no soy padre ni participante.

—Hay muchas cosas organizadas. Tenemos, aquí en la rotonda, la Lego League Junior; la edad de los participantes es de 6 a 9. En el salón de actos —me señalada una multitud en fila— se celebran las partidas. El el bloque III, contiguo al salón de actos, están las salas 1, 2, 3, 4, en las que se presentas las candidaturas.

Dice de carrerilla la lección sin que me dé tiempo a respirar a mí ni a él. El voluntario azul me da un folleto, y sin preguntarme, me acompaña al salón de actos. En ese momento, una procesión de maquetas, presidida por el director de la ETSISI, se abre entre la multitud de padres que esperan entrar al auditorio. En el bloque IV se ha organizado una exposición con las maquetas, me dicen. Yo, que como bien me ha radiografiado no soy ni padre ni niño —¡quién sabe!—, decido deshacer mis pasos para no ocupar espacio en el salón y me siento en la cafetería a ver los partidos.

A las 8:40 han programado una charla de inauguración. Han previsto el aforo completo, por lo que en un alarde de despliegue audiovisual, han instalado una pantalla en la que se proyecta en directo la acción del auditorio. El lleno todavía no lo no percibo. El campus está a las 8:15 algo vacío. Al final del día, el salón de actos se llenará de los niños y la cafetería rebosará de padres aplaudidores tomando el vermut del sábado. El micrófono de los ponentes está abierto y me entero de los detalles del comienzo de la inauguración.

—Empieza hablando de los 30 equipos, da la gracias a los padres, y empezamos —dice la voz de una mujer.

En la cafetería tomo un apunte de índole demográfica: las familias están envejecidas. Los niños de entre 9 y 16 años contrastan con unos padres muy mayores.

—¡Fernando Velasco e Isabel Carrillo!

Velasco es un señor sin pelo y unas gafas que, después, en el descanso de cinco minutos en la cafetería, advertiré gruesas. Isabel Carrillo es la “conductora”, pero viendo su trabajo podría llamarse domadora. En el escenario han situado dos tapetes con motivos acuáticos (el tema de este año es el ciclo humano del agua) en el que los robots maravillosos realizarán las distintas misiones consistentes en recoger piezas, dejar piezas, elevar arandelas, tropezarse, y volcarse.

Fernando e Isabel —tanto monta monta tanto— dejan las frases sin acabar para que las finalice el otro; esto da tanta agilidad a la presentación que apenas me doy cuenta de que están reproduciendo un vídeo. En éste muestran los valores de la liga de Lego y explican brevemente en qué consiste:

El Proyecto científico

Los equipos deben usan su creatividad para diseñar una solución innovadora que resuelva un problema real relacionado con la temática propuesta.

El Juego del robot

Los equipos deben diseñar, construir y programar robots usando la tecnología LEGO MINDSTORMS para superar una serie de misiones de manera autónoma en un tablero de juego. Cada misión tiene una puntuación determinada y se trata de conseguir el mayor número de puntos en 2’30”.

Valores FLL

Mientras los equipos desarrollan el Proyecto científico y el Juego del robot, integran los Valores FLL (inclusión, descubrimiento, coopertición, respeto, trabajo en equipo). Son la piedra angular del programa FIRST LEGO League y los que lo distinguen de otros programas de su tipo. Al adoptar estos valores, los participantes aprenden que la competencia amistosa y beneficio mutuo no son objetivos distintos, y que el respecto a los demás es la base del trabajo en equipo.

Al acabar el vídeo, veo en los ponentes que una de las habilidades del siglo XXI inclusivo, descubridor, coopertitivo (qué palabra tan horrible) es leer la presentación en un iPad. Dan las gracias a los patrocinadores primero, y a los niños, después.

El presentador insiste en disculpar la impuntualidad del evento; yo miro el reloj y sólo veo 3 minutos de retraso. “Vamos mal, eh” escucho por el micrófono abierto.

Empiezan los equipos ThePoncho y Grupo1, el único equipo con nombre prosaico. Nada más empezar, el presentador dice que “no funciona el ruido, perdón, el sonido” de inicio y fin de partido. Después de la competición de seis equipos me doy cuenta de dos cosas. La primera, que existen básicamente dos tipos de robot de LEGO: la grúa y el prisma. Este último tiene unas dimensiones rectangulares y un movimiento misteriosamente fluido para lo esperable de un mazacote. Las grúas son algo más torpes, quizá menos resistentes, pero sin lugar a dudas más esbeltas. La creatividad de los robots se ha destilado más en su funcionalidad que en su aspecto; esto no me sorprende porque la belleza no resuelve las misiones; sin embargo, como detalle de humanidad, algunos equipos han sentado en lo alto del robot una personita LEGO. La segunda cosa que advierto es que hay niñas. La desgracia de la técnica ha sido siempre esa, pero ahora veo que los grupos están repartidos en mitades iguales en voluntad, trabajo, iniciativa, liderazgo… Un equipo ha venido disfrazado de dinosaurios; tras la capucha de herbívoro se esconde una melena que dirige, enseña, participa; por un momento veo vestidos de animal extinto a la generación por existir.

—Mañana día 11 —recuerda el presentador— es el día de la mujer científica.

Un padre —probablemente el de una futura niña ingeniera— ve cómo se me dibuja la sonrisa tonta el optimista.

Los equipos empiezan y acaban sin bocina (ahora salen SanferLego y Firebot). Y me doy cuenta de que para la épica hace falta precisamente eso: una bocina. En un momento insólito el público anima; si no fuera por los gestos futbolísticos de los niños victoriosos uno puede olvidar que se trata de una competición. Esto, este modo de competición casero, amigable, infantil, es bellísimo. Los niños parecen que están jugando en la alfombra de su casa, siempre con esa seriedad de niño. Porque ser niño —la cita es de Gómez de la Serna— es una cosa muy seria.

La presentadora gestiona la poca atención que le prestan los niños y los padres en que los equipos estén a la hora de competición. Aún así, intercala la imperativa organización con alguna esforzada frase de comentarista deportivo:

—¡Aquí tenemos a ConsulBots y LasNieves ultimando lo último! —en esta lapsus redundante de la presentadora hay una sucinta filosofía. Los niños ultiman lo último, han trabajado unos meses en su prisma virtuoso, y en esos últimos minutos antes de que su robot salga a la plataforma, están ultimando lo último: éste sale y entra de del tapete; los niños lo manipulan seriamente: como diminutos mecánicos de la Fórmula 1, cambian rápidamente las pinzas, las ruedas, la grúa hidráulica que recoge las arandelas y el capazo que recoge las piezas azules que deben de valer más puntos. En ese momento, el niño de LasNieves se frustra y quiere abandonar el escenario. La niña le dice:

—¡Espera!, ¡espera! —le agarra del brazo— ¡Vamos a volver a empezar! ¡Vamos a volver a empezar! ¡Vamos a volver a empezar!—y vuelven a empezar. El público asiente porque sabe que en esta escena hay una verdad íntima: la vida y el funcionamiento del LEGO es volver a empezar.

Estos equipos acaban y miro en el reloj. Son las 10. Vuelve a empezar el juego, los 30 repiten las misiones; decido, por lo tanto, cambiar de aires e ir a las salas donde se están exponiendo los proyectos. Afuera de la cafetería, en la rotonda donde estaba el voluntario somnoliento, hay una exposición del LEGOs de antaño, el de pieza que duele pisar descalzo. Coches, naves, barcos; un chico moreno con la limpieza de la infancia, utiliza un minucioso pincel para quitar el polvo de los intersticios de un coche de piezas rojas y grises. Yo me acerco y él pega un respingo como si le hubiera pillado.

—Es muy bonito.

—Gracias.

No hay mucho público en las estas salas de exposición. Sin embargo, hay unos niños exponiendo tímidamente. Lo hacen en inglés y sus principales espectadores son mis profesores encamisados de rojo (color del jurado). El jurado es ecuánime, exigente, pero feliz; han trabajado mucho para que la jornada salga tan bien como está saliendo. Además es un trabajo especialmente bonito, pues es voluntario. Mientras el ellos, sentados en primera fila, deliberan la puntuación del proyecto, yo espero en un banco afuera.

Repentinamente, un señor también de rojo corretea detrás de otra señora de rojo:

—Una cosa, una cosa… la bandera de la Unión Europea, ¿dónde está? —y aquí tenemos, mientras unos niños acaban de exponer su proyecto en el idioma de Reino Unido, a un hombre buscando Europa.

A mi lado, unos adolescentes repasan la presentación mientras cantan City of Stars, Chas y aparezco a tu lado y otras canciones de Operación Triunfo; hablan de Alfred, Aitana y Amaia de Operación Triunfo. Un chico con la mano rota habla del dilema de su timidez con su madre.

—Lo vas a hacer muy bien. Si te sientes inseguro, mírame, pero no te hace falta.

Entro con estos chicos al aula 2. Son de un colegio de la Sierra; en la pizarra está escrito el orden de presentación:

  • Valores FLL: presentación y preguntas.

  • El Proyecto científico: presentación y preguntas.

  • Juego del robot: presentación y preguntas.

Comienzan cantando los valores de su equipo con una canción de letra propia y la melodía de Chas y aparezco a tu lado.

El jurado pregunta:

—¿Cómo habéis gestionado los días de frustración?

—Entre todos.

—¿Quién ha liderado más el proyecto?

—Entre todos.

—¿Quién ha diseñado el robot?

—Entre todos.

Los niños juegan a ser mayores y lo hacen mejor que nosotros. Los han entrevistado en radio Fontenebro, han divulgado su web sobre su gestión integral del agua y hasta han investigado sobre la niebla en su pueblo de la Sierra de Madrid… Proponen: disminuir la presión de los grifos.

—¿Os han hecho caso?

—Sí, en mi casa y en el colegio.

—¿Cómo lo habéis hecho?

—Vamos grifo por grifo, separando el agua fría de la caliente primero.

Yo no puedo evitar imaginarme una patrulla de pequeños gestores integrales del agua y el cementerio de grifos viejos.

Como todo lo traen preparado, el jurado introduce cierta improvisación con distintos juegos. A LegoWars les toca montar entre todos una pieza a ciegas mientras un miembro del equipo se la describe. Este miembro ha sido el chico tímido de la mano rota.

—….dos por cuatro amarilla, en el medio de la roja a la izquierda dos enganches dentro y uno sobrevolando…

La pieza queda casi idéntica; el chico no ha mirado a su madre ninguna vez.

***

Los siguientes son más pequeños, dice el jurado. Se llaman MateWizards, son cuatro niños de no más de 12 años: Bruno, Berto, Marcos y Miguel.

—¿Cuento el chiste o no lo cuento? —susurra un niño que tiene impreso en su camiseta el nombre “Bruno”.

Empiezan:

—Nos llamamos MateWizard porque nos conocemos del ajedrez. Por jaque mate.

Se agarran de una mano y a partir de ahí sólo pueden usar la que les queda libre para la construcción de un comedor de LEGO.

—Bruno y Berto —parece una pareja de cómicos —, podéis empezar por las sillas.

Cuando acaban su comedorcito gracias al trabajo en equipo, el jurado continua:

—¿Cómo os habéis organizado?

—Lo fácil lo han hecho los mayores y lo difícil lo hemos hecho los pequeños —dice muy serio Berto (recordemos a Gómez de la Serna). Esto (creo) era el chiste.

—¿Qué haríais si a otro equipo se le rompe el robot?

—Primero veríamos qué se les ha roto para ver si les podemos ayudar —dice Miguel, un niño de unos 10 años con los mofletes como dos naranjas. Hace una pausa y con el descaro tímido de los chiquillos concluye—: bueno… sin son muy buenos…

Su proyecto científico es la maqueta de un huerto del Monzón. De esto no puedo escribir mucho: estaba aprendiendo con ellos. Es curioso que explicaciones de los niños no se hacen monótonas, con su cerebro verde y fresco como una lechuga criada en el Monzón transmiten lo que saben sin aburrir: es el entusiasmo de aprender.

—¿De qué os sentís más orgullosos?

—He tenido que calcular la escala de la personita. Un centímetro en nuestra maqueta son 40 en la realidad.

En este momento tan tierno de Marcos —se ha podido escuchar un “aww” en el público— hay una profunda noción de rigor, ingeniería, de perfección cuidadosa.

—Al ser nuestro primer proyecto —han dicho— el robot no es muy complicado.

Cuando uno crece, aprende a separar con cierta postura de publicista la resolución de un problema de su complejidad, por desgracia para la humildad de uno.

Salen MateWizard y el jurado delibera. Al rato entra ConsulBot. Estos chicos son lo contrario a lo amateur. El jurado les insta a empezar por lo valores, como imprevisto en el guión, los chicos se inquietan y empiezan a corretear por la tarima reubicando la escenografía.

—Preferiríamos empezar por el proyecto científico.

Como en un coro de jazz se intercambian las frases. Parece un anuncio de televisión. Han enviado su proyecto al ayuntamiento de la Comunidad de Madrid y han iniciado el proceso de patentes. Con un arduino y una válvula hidráulica, han fabricado un sistema de ducha (“ShowerReducer”) que recicla y filtra el agua. Usa un 40% menos, dicen. El grupo es multicultural; se escuchan acentos de Latinoamérica, se ven pelos rizados, rubios, un chico de una altura de equipo baloncesto yugoslavo. Han desechado muchas ideas antes: una campana que condensa el agua hervida, un molino de viento. Estos niños es posible que se hayan dejado ayudar.

Durante la sección de preguntas se naturalizan; pero cuando vuelven a la presentación (esta vez de los valores), vuelve la performance. Cada miembro sujeta una pieza de LEGO grande en la que se sospecha que hay algo impreso. Se turnan para decir qué han aprendido con esta iniciativa: se escuchan confesiones de futuras ingenieras, futuras lideresas, trabajadores en equipo… Cada uno deja su pieza encima de la pieza del anterior, y al acabar, el dibujo impreso forma una unidad: es el logotipo del equipo.

—¿Qué misión os ha gustado más?

—La misión que nos ha gustado más es la que más nos ha costado hacer: la de la flor.

—¿Qué habéis aprendido en los días malos?

—A no comportarnos como niños, aunque bueno… somos niños.

***

El jurado se retira a deliberar con los otros jurados de las otras salas; proponen a ConsulBot para explicar en el auditorio grande su proyecto ahorrativo. Yo acudo de nuevo a la cafetería para ver lagala final. Empieza con la presentación de ShowerReducer de Consul Bot. Los padres, en la cafetería murmuran.

—Eso nos ha faltado a nosotros —creo que se referían a ganar.

Un padre deja la cerveza como satisfecho del trabajo bien hecho. Con orgullo paternal veo a muchos padres aplaudiendo a una pantalla; esto, aunque ridículo, es significativo. Unas chicas cantan un rap final cuyas voces por decir así, no eran las de Aitana, Alfred o Amaia. Sus madres están sentadas detrás de mí:

—Tan callada en casa y aquí tan bailadora. Me emociono. ¡Hay qué ver!

—Qué bien hablan. La mía se transforma. No la conocía hasta hoy.

Con la frase de esta madre me basta. No importa quién gane. Me marcho a comer antes de que anuncien los premiados.

20 febrero, 2018
por Guillermo Marco
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Primeras preguntas

Cuando me propuse rastrear la genealogía del problema de las dos, tres, cuatro culturas, advertí que la preocupación del aislamiento había escrito decenas —si no cientos — de ensayos a lo largo de, por lo menos, dos siglos. Mi primera aproximación fue escribir un diálogo platónico entre las personas que me habían resultado más dicotómicas: G. H. Hardy y C. P. Snow. Ambos se encontrarían en una biblioteca; G. H. Hardy sorprendería un libro de matemática aplicada en la sección de análisis, y esto sería suficiente nudo para dialogar las posturas de uno y de otro. Sin embargo, en seguida comprendí que la realidad de estas personas era más interdisciplinar de lo que yo pensaba. Así, Hardy, famoso por ser un matemático puro, realmente era un artista. C. P. Snow, doctor en química y novelista, originador del concepto de las dos culturas en su conferencia de 1959 de Rede, era menos partidario de la interdisciplinaridad de lo que me figuraba. Comencé a leer, como digo, la Apología de un matemático de G. H. Hardy como paradigma del aislamiento disciplinar, a partir de una cita fortuita en otro libro sobre el tema. Me di cuenta tras leerla por completo que La apología propicia citas tendenciosas; primero, por su estructura: a modo de libro de matemáticas, el argumento se segmenta en secciones cuyo contenido recoge el de las anteriores. Es sencillo, por lo tanto, extraer cierto párrafo de cierta sección como si fuera un naipe para justificar un argumento, sin darnos cuenta, sin embargo, de que el castillo de naipes empieza a tambalearse. En segundo lugar, por el estilo conciso, epigramático.

El libro me parece un ensayo de estética, de justificación de una vocación artística matemática. Una vida invertida en las matemáticas con profundidad de artista llega a su ocaso creativo y se propone defender su tiempo tan pasado como fecundo. En este contexto, párrafos como…

“La ‘seriedad’ de un teorema matemático no descansa en sus consecuencias prácticas, que son habitualmente mínimas, sino en el significado de las ideas matemáticas que enlaza. Podemos decir, grosso modo, que una idea matemática es ‘significativa’ si puede ser relacionada de una forma natural y esclarecedora con un amplio grupo de ideas matemáticas. Así, un teorema matemático serio, un teorema que relaciona ideas significativas, es probable que conduzca a avances importantes tanto en las matemáticas como en otras ciencias”

O:

“Las matemáticas ‘auténticas’ de los ‘auténticos’ matemáticos, es decir, las matemáticas de Fermat, o Euler, o Gauss, o Abel o Riemann, son totalmente ‘inútiles’ (y esto es cierto tanto en el caso de las matemáticas puras como en el de las aplicadas). Es imposible justificar la vida de un matemático profesional genuino sólo sobre la base de la ‘utilidad’ de su obra […].

[La] ciencia sirve para lo malo tanto como para lo bueno (especialmente, por supuesto, en tiempo de guerra), y [por tanto los matemáticos] tienen motivo para alegrarse de que haya una ciencia, y que sea la suya, cuya lejanía de las actividades humanas cotidianas la mantiene apacible y limpia…”

O:

“Hay una conclusión tranquilizadora y fácil para un matemático auténtico. Las matemáticas auténticas no tienen efectos sobre la guerra. Nadie ha descubierto todavía ninguna aplicación militar de la teoría de los números y de la relatividad, y no parece probable que alguien lo haga en muchos años. Es cierto que hay ramas de las matemáticas aplicadas, como la balística y la aerodinámica, que han sido deliberadamente desarrolladas para la guerra y que exigen el dominio de una técnica bastante elaborada: quizá es difícil denominarlas ‘triviales’, pero nadie tiene ningún derecho a clasificarlas como ‘auténticas’. Son, por supuesto, repulsivamente feas e intolerablemente aburridas […]. Por tanto, un matemático auténtico tiene limpia su conciencia; no puede objetarse nada al valor que pudiera tener su trabajo; las matemáticas son una ocupación inocua e inocente”.

…se justifican en el sentido del artista que ve en su arte la inutilidad de la Belleza. Ahora bien, quizá la realidad se impone a menudo sobre nuestros prejuicios. Si buscamos a Hardy en la Enciclopedia Británica, encontramos que su aportación más importante a la ciencia es la ley de Hardy-Weinberg, que describe el equilibrio genético de una población y que es útil, entre otras cosas, para estudiar la distribución sanguínea del factor Rh.

Asimismo, apuntaba la inutilidad de la teoría de números. Sin embargo, un campo aparentemente inútil como el relativo a la factorización, es decir la descomposición efectiva en factores primos de un número grande, tienen su aplicación actual en la criptografía.

Por lo tanto, quiero enfatizar la realidad. El mismo Hardy era consciente de que el idealismo no es nunca concluyente ni satisfactorio para el conocimiento; no se trata de alcanzar un ideal de matemático puro sino de comprender que la matemática, como la termodinámica, o la genética, incluso la poesía tiene su propia porción de realidad:

Por otro lado, un matemático trabaja con su propia realidad matemática. De esta realidad […], tengo un punto de vista «realista» y no «idealista». En cualquier caso (y éste fue mi argumento principal) este punto de vista realista es mucho más verosímil en la realidad matemática que en la física, porque los objetos matemáticos son lo que parecen en mucha mayor medida que los objetos físicos. Una silla o una estrella no son ni lo más mínimo lo que parecen ser; cuanto más pensamos sobre ellos más borrosos se vuelven dentro de la sensación de indefinición que los rodea; pero «2» ó «317» no tienen nada que ver con sensaciones y sus propiedades se ponen de manifiesto más claramente cuanto más los examinamos. Puede ser que la física moderna encaje mejor en el marco de una filosofía idealista (yo no lo creo, pero hay físicos eminentes que así lo dicen). Por otra parte, las matemáticas puras me parecen como una roca en la que cualquier tipo de idealismo zozobra: 317 es un número primo no porque lo pensemos nosotros o porque nuestras mentes hayan sido predispuestas a ello de una forma o de otra, sino porque así es, porque la realidad matemática está construida de esta forma.

Esta, creo, es la clave. No deja de ser curioso que el paradigma de “aislacionista” en el mismo libro nos dé el indicio de una conexión. Es la realidad (material y operatoria, conceptos que se expondrán más adelante) de cada área de conocimiento la que nos puede dar la solución al problema del divorcio entre disciplinas. Los planos de este problema son muy diversos y creo que para hacernos una idea concreta es importante observarlos (si no atacarlos) todos:

  • ¿Es una cuestión antropológica? ¿El humano se especializa en aquello que se le da mejor?

  • ¿Es sociológica?

  • ¿Es institucional? ¿Es cuestión de organización académica?

  • ¿Psicológica, neurocientífica, biológica, genética?

  • ¿Es filosófica? ¿Todas las ciencias nacen de la filosofía y se ramifican?

En este blog intentaremos responder a todos. De momento, para contestar parcialmente veo necesario señalar, en primer lugar, la distinción entre la unificación, la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad. El físico, historiador y académico de la Real Academia de la Lengua José Manuel Sánchez Ron, en su libro La nueva ilustración, lo aclara:

La unificación constituye un proceso, y una tendencia, que tiene lugar habitualmente dentro de una ciencia específica y que intenta reunir sus diferentes ramas. El ejemplo canónico es el de la física. En ella, unificación es sobre todo el esfuerzo por entender las diferentes fuerzas que hemos identificado en la naturaleza (gravitacional, electromagnética, débil y fuerte) como manifestaciones de una misma fuerza, que se explica con una única teoría. Este ideal, que persiguió con tesón Albert Einstein con su teoría del campo unificado (aunque él únicamente consideraba dos fuerzas, la electromagnética y la gravitacional, las únicas que se conocían entonces), se ha conseguido parcialmente con la teoría cuántica que unifica las interacciones electromagnética, débil y fuerte. Gracias a esta teoría, pensamos que al crearse el universo sólo existía una fuerza, que englobaba las tres (y seguramente también la gravitacional, pero aunque existen candidatos de esta Gran Teoría Unificada, aún quedan puntos oscuros y demostraciones por realizar). Según fue enfriándose el universo, esta única fuerza fue “abriéndose”, diversificándose como si fueran las ramas de un árbol que surgen de un tronco común. Evidentemente, unificaciones como ésta constituyen un gran avance, pero no es de ellas de las que quiero tratar aquí. No sirven, o no sirven apenas, para reunir disciplinas diferentes, para transitar por el alambicado territorio de especialidades académicas o profesionales diferentes.

Con respecto a la transdisciplinariedad, ciertamente relacionada con la interdisciplinariedad, se trata de un enfoque que se ocupa más de buscar elementos —por ejemplo, leyes o estructuras matemáticas— comunes en diferentes disciplinas, que de reunir éstas, independientemente de que existan o encontremos patrones comunes en ellas. Interesante como es, no constituye mi objetivo aquí, aunque nos aparecerá ocasionalmente, especialmente con relación a la ya citada Teoría General de Sistemas.

Cuando hablamos de la Cuarta Cultura no nos referimos a la búsqueda de conexiones conceptuales (transdisciplinaridad) ni de cómo, por ejemplo, la fonética es física (unificación), sino cómo —en palabras de Hardy— la realidad propia de cada área de conocimiento colabora con las demás. En el caso, por ejemplo, de la computación lingüística, es necesario el conocimiento de ciencias de computación y de lingüística, valga la redundancia; cada ciencia ha alcanzado un desarrollo individual, se ha dividido en otras subdisciplinas (fonética, fonología, gramática, semántica, pragmática…) y ahora colaboran en distintos niveles para producir sistemas complejos como Siri de Apple. La subdivisión es imprescindible para esto.

Sin embargo, paralelamente a estas disquisiciones filosóficas, el individuo-estudiante se desarrolla. La disociación del científico de la ciencia es importante para el progreso pero tremendamente aburrido para la motivación personal. Cada uno desarrolla una personalidad según sus afinidades a una y otra materia, y a menudo se da el caso de que la suma de estas partes no es un todo uniforme; hay quien lleva en su vocación íntima la poesía pero también la ingeniería (esto se puede explicar porque ambos crean modelos, pero ese es otro artículo). En la Cuarta Cultura, desde nuestro punto de vista divulgativo, nos interesan especialmente las personas que han involucrado en su vida la interdisciplinaridad. Así, la mayor parte de los textos publicados serán sobre estas personas: semblanzas, entrevistas, teorías extraídas de la experiencia de estas personas. De este modo, nos interesan los testimonios como Ernesto Sábato, Nicanor Parra, Juan Benet, por citar algunos famosos; pero por supuesto, personas que no necesariamente tienen que ser famosas sino despertar interés interdisciplinar.

Os invito a estar atentos a las publicaciones, porque se abre aquí una búsqueda, una manifestación de uno de los elementos más humanos: la colaboración.

Bibliografía

  • G. H. Hardy. (1999 ed. original 1940). Apología de un matemático (prólogo Miguel de Guzmán). España. NIVOLA LIBROS Y EDICIONES.

  • C. P. Snow. (2000 ed. original 1959). Las dos culturas (introd. Stefan Colllini). Argentina: Ediciones Nueva Visión SAIC.

  • José Manuel Sánchez Ron. (2011). La nueva Ilustración. España: Colección Jovellanos de Ensayo, Ediciones Nobel.


 


 

1 febrero, 2018
por franciscoserradilla
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¿Por qué cuarta cultura?

En 1995, John Brockman acuñó el término "Tercera cultura" para referirse a una posición integradora contra esa división artificial en "ciencias" y "letras", las "dos culturas" impuestas por los enfoques educativos del siglo XX. Esas dos culturas aún perduran en la actualidad, y aparece un nuevo divorcio entre ciencia y tecnología, de modo que ahora podemos sentir tres culturas compitiendo por dotar de sentido al mundo: las humanidades, la ciencia fundamental y la tecnología.

Este blog propone la integración de humanidades y ciencia –tercera cultura– con la tecnología, para acuñar lo que denominaremos "cuarta cultura", y de ahí el título del blog. Defendemos por tanto un enfoque interdisciplinar, integrador, humanista, científico y tecnológico, y buscaremos colaboración y encuentros que resalten esta interdisciplinaridad fundamental para la comprensión del mundo que nos ha tocado vivir.