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Personajes secundarios, Manu Espada

Personajes secundarios
Manu Espada
Palencia: Menoscuarto, 2015

 

En esta colección de microrrelatos llueve al principio y al final. Y no es casualidad. Imagino al autor sumergiendo las palabras, inundando el tiempo que le ha llevado escribirlas. La lluvia y el viento azotan las primeras páginas, la tormenta se ha desatado por un diagnóstico difícil de capear: Daniel, el hijo de Manu Espada, tal vez no pueda hablar, tiene autismo. El ciclón se lo lleva todo. Ilusión, proyectos, hasta los protagonistas de los cuentos; quedan allí agarrados los personajes secundarios, nada más. Pero la tormenta de las últimas páginas es diferente, trae más que arrebata, se ha calmado el viento.

 

Meses más tarde de aquella primera hoja dijo "agua". Se escuchó a sí mismo y le brillaron los ojos. Su primera palabra. Fue emocionante escuchar una palabra. Desde entonces, su vida está estrechamente unida al agua. Le encanta nadar.

 

Entre uno y otro aguacero lo que vamos a encontrar es el espacio en que los rebeldes secundarios, a la vez que Daniel, libran su batalla por adquirir voz. Del silencio al ruido, y de ahí a las palabras. Dándole estructura, razón de ser al conjunto van los textos que han nacido más directamente como resultado de las experiencias del autor con su hijo (que son los más conmovedores, vaya como ejemplo el precioso "El niño que se comía las palabras"). Y en medio, los otros, los de personajes secundarios propiamente dichos, pero secundarios no sólo como Watson lo es de Holmes, sino en más amplio sentido: son secundarios los protagonistas con respecto a sus autores (como le ocurre a Augusto Pérez en Niebla), los actores de cine mudo con respecto a los de cine sonoro, las ayudantes de los magos, el suicida entendido como dato estadístico… También, como no podía ser de otra manera son las palabras, y la reflexión sobre el lenguaje, las que están en el génesis de un buen puñado de los textos.

manu_espadaMarca de la casa de Manu Espada -además de la riqueza en detalles, la variedad técnica y la significativa carga explosiva de sus piezas mínimas- es su notable interés por la dimensión visual del microrrelato, de modo que pasando páginas uno se tropieza con letras que se evaporan como gotas de lluvia, con frases que han encogido por culpa de una errónea programación de la lavadora, con un texto reversible, y…, en fin, con cantidad de imprevistos que sorprenden al lector al tiempo que le dan una vuelta de tuerca (y de frescura) al género.

Tenemos, en definitiva, un libro muy personal, muy de corazón, en el que Manu Espada ha pasado por el tamiz de la ficción los últimos acontecimientos de su vida. En un ejemplo de lo que él denomina género biofantástico.

 

El idioma materno, Fabio Morábito

El idioma materno
Fabio Morábito
México: Sexto Piso, 2014

 

Hay libros tan llenos de encanto, tan bien escritos, tan inteligentes, que resulta inevitable recomendarlos una y otra vez. Este es uno de ellos.

En los ochenta y cuatro textos incluidos en El idioma materno (publicados originalmente en el diario argentino El Clarín) Fabio Morábito reflexiona sobre las experiencias que desde temprana edad han contribuido a convertirle en el escritor que hoy es. Da cuenta en ellos del origen de una vocación.

Fabio Morábito nació en Alejandría, Egipto, en 1955, de padres italianos, desde los tres años vivió en Milán y a los quince se trasladó a México, donde reside hoy en día. Escribe en español. De ahí que una de las más importantes líneas de reflexión que cruzan el libro esté relacionada con el idioma materno y con el oficio de traducir. Además, entre otras muchas cosas, habla de lectores y sus costumbres, de los que subrayan, de los que saben poner las comas, de poesía ("Los poetas no escriben libros"), de literatura desde puntos de vista interesantes (¿por qué Dostoievski nunca escribiría Robinson Crusoe?, ¿es El castillo de Kafka una historia de amor? ¿cómo es posible conocer la obra de Vallejo sin haber leído un solo poema?).

El idioma materno de mi mujer es un idioma que yo no hablo; ella, en cambio, habla mi lengua materna. Nos comunicamos a través de un tercer idioma, que es el idioma del país en que vivimos. El que yo no hable ni entienda la lengua materna de mi mujer, al revés que ella, que habla la mía sin dificultad, me otorga una gran ventaja. Al estar expuesto en mi casa a un idioma extraño, que no entiendo ni quiero entender, la calidad de misterio de mi vida es superior a la suya.

 

También hay textos que sin dejar de lado por completo estos intereses ni el tono reflexivo, adoptan la forma de cuentos o episodios rescatados del pasado. Breves -ninguna pieza ocupa más de dos carillas-, precisos, con un lenguaje rayano en lo poético y dotados de fino humor. De elegir uno, sería Lluvia nocturna. En él, Fabio cuenta cómo una abuela descubre que a través del telefonillo de casa puede oír el repiqueteo de la lluvia sobre el toldo de la entrada. Ese sonido, más intenso, diferente al de las gotas golpeando las ventanas significa para ella un descubrimiento, el hallazgo de un tesoro. Desde entonces arrima su silla para no perderse detalle, dicta turnos breves para hijos y nietos, no cede la posición. ¿Y por qué lo hará?, el texto no lo revela. Yo digo que porque la abuela, en su cabal sabiduría, es sensible al prodigio de que te cuenten al oído, aun sin palabras.

Un libro para leer y releer, de esos que no se dejan demasiado lejos porque tarde o temprano apetece revisitar. Afortunadamente hay quien hace, escribiendo, lo mismo que la lluvia del cuento.

 


 

Un plural infinito. Rafael Pérez Estrada

Un plural infinito. Antología poética
Rafael Pérez Estrada
Edición de Jesús Aguado
Sevilla: Fundación José Manuel Lara, 2011

 

Rafael Pérez Estrada era un imaginador, un creador libre. Su mundo comienza aquí mismo y en dos palabras ha saltado hasta más allá de las estrellas. Ya de niño sabía que las estrellas "tenían sabor de caramelo, sabor exagerado a piña, a arándanos…". Quién mejor, pues, que un poeta escribiendo desde el placer para instruirnos sobre la magia escondida de todo aquello que obtuvo el privilegio de su mirada.

 

"Si probaseis esa estrella -dijo el filósofo, señalando la luminosidad de un punto en las alturas-, de seguro hallaréis dulce su sabor. Ahí reside la causa del perecimiento del Unicornio, pues este ser fantástico se deleita saboreando hilos y brillos, virtud que a hombres y animales le es negada, salvo a algunos peces capaces de subsistir únicamente de reflejos".

 

Esta antología nos deja disfrutar cronológicamente del resultado de su avidez de belleza. En piezas minimalistas, cinceladas, elegantes, casi todas prosas breves y algunos poemas. Pero lo breve, tan bien representado en estas páginas, no fue el único vehículo expresivo de Rafael Pérez Estrada, figuran en su producción obras de teatro y novelas. Y más allá de la literatura, que no de la imaginación, dibujos e ilustraciones. Eso sí, sin adscribirse a género literario alguno, pues su creatividad no aceptaba límites.

 

Paloma quiromántica. Escultura dedicada a Rafael Pérez Estrada, obra de José Seguiri en Málaga

 

Era malagueño y cómplice del azul, no se podía separar del mar; en aquel horizonte, donde pescaba sus metáforas, estaba toda la posibilidad de maravilla que le era precisa. Su obra es un cajón de sastre de prodigios, de cosas que brillan, y también de reflexiones, de empatía y de ternura.

 

Rafael Pérez Estrada (Málaga 1934-2000), hijo de Manuel Pérez Bryán, médico y alcalde de la ciudad, y de Mari Pepa Estrada, conocida pintora naif, fue abogado matrimonialista, profesión que compaginó con la escritura casi toda la vida. En 1968 publicó su primer libro, Valle de los Galanes, pero es a partir de 1985, con Libro de Horas, cuando su obra empieza a tener un valor significativo para él. Ese mismo año se convierte en miembro fundador del Centro Cultural Generación del 27. En 1987 y en 1999 queda finalista del Premio Nacional de Literatura.

 

Rafael Pérez Estrada en la Biblioteca UPM

 

Jardín, Pablo Simonetti

Jardín
Pablo Simonetti
Alfaguara, 2014

Novela corta o relato largo; sentido homenaje a una madre; fiel reflejo de los acuerdos y disensiones entre la descendencia de una familia acomodada chilena. Y éste último detalle es importante, pues el ambiente que se respira rezuma cosmopolitismo andino.

Santiago, con sus comunas (barrios), sus miles de coches (sin control de emisiones) y millares de cables aéreos (sobra el cobre); sus consentidos grafitis artísticos (se venden en postales), y sus jardines delicadamente aromáticos (no aptos para alérgicos). Allí donde las antenas de telefonía se visten de palmera para no distorsionar el entorno, y las familias tienen un aire trasnochadamente patriarcal, y devotamente matriarcal.

Se percibe en la sociedad chilena, y se refleja delicadamente en el libro, el tránsito de una sociedad que pasa de estar basada en casas unifamiliares, a centrarse en departamentos (pisos). Los barrios de los años cincuenta con sus casas de una planta y escaso valor comparados con sus jardines  de aprecio incalculable. Comunas donde cada casa era un apellido familiar y los jardines estaban llenos de azaleas y rododendros, tulipanes, lirios, narcisos, rosas y plantas acidófilas en general, en ocasiones traídas de los más recónditos viveros del país.

No sería justo para Pablo Simonetti desvelar mucho más pues el final es lacónico, claro e impactante.

Podemos, en cambio, escribir acerca del autor: Ingeniero civil (de caminos) por la Universidad Católica de Chile y master en Ingeniería económica en la Universidad de Stanford (USA). No encontramos apenas referencias a su actividad en este ámbito. Tan sólo que trabajo en Copec (compañía petrolera chilena) y que en 1996 lo dejó, invirtiendo toda su herencia en regalarse el tiempo y la técnica para escribir, en parte como un ejercicio de psicoanálisis.

El jardín es la metáfora de tu lugar en el mundo. Un jardín es un lugar que debes cuidar, dedicarte, a veces podar, desmalezar. También es un lugar donde paseas, pasas tiempo de contemplación. Tiene mucho de representación de tu identidad. Si yo pudiera clasificarme, sería un escritor de la identidad.

 

 

 

El fumador pasivo: Cuentos contemporáneos

El fumador pasivo
Daniel Gascón
Xordica Editorial, 2005

El fumador pasivo es el título que Daniel Gascón, joven autor zaragozano (nacido en 1981), da a una recopilación de cinco relatos cortos, ninguno con ese nombre: La generación perdidaMudanza,Los extranjerosLara y las otras, y El abuelo. ¿Cuál es la razón entonces de este título tan sugerente? No tengo ni idea.

Claro que puestos a especular y después de disfrutar las curiosas experiencias que narra en sus relatos, uno tiene la sensación que el título podría aludir al efecto del entorno sobre cada uno de nosotros aunque no estemos necesariamente implicados, o quizás a los efectos secundarios de las experiencias ajenas (y propias).

Los cinco relatos están interconectados por el mismo protagonista al que podemos suponer el autor o una destilación del autor. En ningún caso se alude al carácter autobiográfico pero francamente se asume (con o sin razón).

El estilo es directo y certero, es capaz de evocar escenas con una enorme precisión y un número testimonial de adjetivos fundamentales. Es de un intimismo natural y cálido, a veces resulta muy divertido a pesar de narrar situaciones a ratos grotescas.

En La generación perdida nos introduce en su experiencia universitaria en Zaragoza, y el título parece dedicado a uno de los profesores al que describe anclado en una universidad en pleno proceso de transición. Es cercano, natural, divertido:

Todo lo que sabía era que el examen era fácil, que la asistencia no era obligatoria y que me faltaban seis créditos…

 

La descripción que realiza de su experiencia como Erasmus en la Universidad de East Anglia (UEA) es fantástica, va directamente al meollo de las vivencias multiculturales con estudiantiles de todo pelaje, condición y convicción. La vida anglosajona, de por sí particular, se vuelve alucinante cuando se reside en una especie de castillo postmoderno al estilo Blade Runner (como el mismo autor define), situado en mitad de una bucólica campiña inglesa. Esta ultra-condensada descripción es 100% exacta (conozco el entorno). Adjunto alguna foto que espero resulte adecuada, no concibo mejor corroboración.

Biblioteca de la Universidad de East Anglia, Norwich, Denys Lasdun

 

Daniel Gascón describe además sus (o los) cursos de escritura creativa y de literatura general que se ofrecían en la UEA, donde también impartía sus clases W.G. Sebald, profesor de culto en la UEA y autor reverenciado por muchos (a mí personalmente me impactó mucho su descripción de la Alemania de la inmediata postguerra). El protagonista no llega a conocer a Sebald debido a un curioso enredo previo al accidente mortal que acabó con la vida del autor (detalle verídico).

Norfolk Terrace en la Universidad de East Anglia, Norwich, Denys Lasdun

 

De vuelta a Zaragoza aparecen nuevos cuentos donde se mezclan la rareza del desarraigo y el localismo, y resulta hilarante su capacidad de conjugar los tintes antisistema de algunos de sus amigos y conocidos con las prácticas católicas más tradicionalistas.

Si todo lo anterior no fuera suficiente, asígneseme a mí la responsabilidad (que no la culpa); con seguridad hay matices que no habré sabido transmitir.

Por otra parte, la editorial Xordica (que no NØrdica) también me parece que merece una línea: libros sin trampa ni cartón, o libros con trampa y de cartón según su fundador Josep Raúl Usón. Curiosa mezcla de localismo aragonés y cosmopolitismo rural. Con un elenco de autores jóvenes muy interesante.

 

 

 

Técnicas de iluminación, Eloy Tizón

Técnicas de iluminación
Eloy Tizón
Madrid: Páginas de espuma, 2013

 

La literatura de Eloy Tizón es un gozo para los sentidos y este libro una nueva muestra de ello. Se ha hecho esperar siete largos años desde la publicación de Parpadeos. Se ha hecho esperar como todo lo bueno. Pero ha valido la pena, porque los diez cuentos incluidos en Técnicas de iluminación están dotados de una belleza extraordinaria.

Crea Eloy Tizón una prosa que es hallazgo permanente, luz, color, música. Muy plástica y sorpresiva. Y con ella levanta una voz rítmica, surrealista, extraña que genera ambientes emocionales en cuya densidad se tejen los escenarios, la progresión de los cuentos. La peripecia, la trama, es en mayor o menor medida una luz tenue supeditada al fulgor y al deslumbramiento del lenguaje.

Pinceladas de luz que salpican la oscuridad en que se mueven los personajes, siempre un poco náufragos o irremediables. En medio de este tejido lírico están colocados frente a circunstancias que dinamitan sus rutinas, resquebrajan el mapa de sus destinos. Desde ese fondo abisal del que parten (también nosotros al leer estamos en zona oscura, pues son muchos los detalles que el narrador deliberadamente nos escatima) los veremos esforzarse por alcanzar la superficie (en Merecía ser domingo una familia huye de la ciudad en busca de otra mejor forma de vida) o sumergirse en la contemplación de un momento mágico que no volverá a producirse (Alrededor de la boda); perder el control (en El cielo en casa una personalidad sensible y débil se ve sometida por otra tan magnética como brutal) o abrazar una filosofía nueva (el paseo como fin en sí mismo en Fotosíntesis); reconstruir un acto inconfesable ocurrido en el pasado para tratar de darle sentido y redimirse (Ciudad dormitorio) o aturdirse la memoria con más memoria con la esperanza de sufrir menos (Nautilus).

Cuentos que someten las reglas habituales del género para alumbrar una manera diferente de decir, labrada a semejanza de su autor, disfrutada y mimada hasta la última coma. Una fiesta de la palabra.

 

Eloy Tizón (Madrid, 1964) ha colaborado en medios literarios y ha dado clase en diferentes escuelas de escritura. Tiene publicadas hasta la fecha tres novelas: Seda salvaje (Anagrama, 1995), Labia (Anagrama, 2001) y La voz cantante (Anagrama, 2004); y tres libros de relatos: Velocidad de los jardines (Anagrama, 1992), Parpadeos (Anagrama, 2006) y Técnicas de iluminación (Páginas de Espuma, 2013).

 

Sólo de lo perdido, Carlos Castán

Sólo de lo perdido
Carlos Castán

Barcelona: Ediciones Destino, 2008

 

El arte indefenso que respira a veces bajo la superficie de las cosas.

 

Tal vez esta frase resuma las intenciones del libro. El arte indefenso bajo la superficie de las cosas. El arte indefenso… Hay que mirar muy tomándose todo el tiempo del mundo para ver debajo de las cosas. Detrás de las cosas. Mundo atropellado sin poesía. Estos cuentos ayudan, yo creo. Tan pausados, tan mirando. Tan tristes y verdaderos, eso es belleza. Elegancia de las frases, yo creo. Sencillos caminos al interior de los personajes. Un poco en sombra (no, no avanzan), cierta impresión de que transitan perdidos por el pasillo de la casa. Las manos abiertas delante de los ojos. Sin tomar las riendas de su libre albedrío. Definidos desde fuera, por el amor de los demás (por decir algo amor), por la locura de los demás. Da la vida corazones que la vida gusta en arañar.

En su último año de vida, acorralado por males sin remedio, la abuela le ponía cocacola en la mesa diciéndole que era vino y a la pobre se le salían las lágrimas de los ojos viendo que aquel hombre, la vieja autoridad de las bodeguillas del barrio, no era ya capaz de notar la diferencia.

 

Al límite de ser algo los personajes, yo creo. O, vistos desde el otro lado, al límite de no ser. O de ser otro. Deseo y tragedia de ser otro. Pobladores de estos cuentos, eso sí. Enamorados, locos. Náufragos en tierra firme. Perdiendo, así reza el título. Vivir perdiendo. Continuar. A pesar de lo perdido.

Carlos Castán nació en Barcelona en 1960 y es licenciado en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. También en su bibliografía figuran Frío de vivir (1997), Museo de la soledad (2000), El aire que me espía (2005), Papeles dispersos (2009), Polvo en el neón (2013).

 

Indian Country de Dorothy M. Johnson

Indian Country
Dorothy M. Johnson

Madrid: Valdemar, 2013

 

Realicé varias hazañas antes de escapar. Pero sentí hambre, porque un hombre no puede comer rabia ni cabelleras. Después de muchos días llegué a la factoría, pero no tenía nada con lo que comerciar. Necesitaba cepos, caballos, mantas, un arma y bienes para el canje. Encontré a un joven blanco en el fuerte que me las proporcionó. Tenía una señal en su rostro que parecía una mano. Él decía que su nombre era Caín.

 

Más alla de la frontera, en el oeste hay una tierra de promisión. Una tierra fertil, llena de riqueza, pero una tierra dura y difícil para aquellos que se atreven a entrar en ella. Miles de personas lo harán. Pero no estarán solos. Habitantes de otras culturas distintas a las suyas les esperan. Desde hace muchas generaciones se encuentran asentados allí. Dos mundos muy distintos frente a frente. El choque es inevitable.

Es Indian Country.

Mahlon Mitchell vivió en su juventud con los crows durante cinco años, los abandonó sin despedirse y regresó junto a ellos viejo y fracasado. Cualquiera que se nuestro juicio sobre Mahlon Mitchell debemos reconocer que era un hombre valiente. Tenía miedo de volver con los crows, pero de todos modos regresó y no es óbice para ello el que lo hiciera por desesperación. Jamas había tenido tanto miedo en su vida.

Eran seis los que formaban la partida que fue a buscar el poblado de Becerro Amarillo. El teniente Bradford llevaba consigo al sargento O'Hara y a tres soldados de caballería. Eso hacía cinco. El sexto era el  pelirrojo Mahlon Mitchell…

Indian Country es un conjunto de relatos ásperos, sobrios. Relatos breves, crueles en ocasiones. relatos de vida y muerte, de esperanza y de fracaso. Relatos de aventuras, relatos llenos de verdad, relatos del Oeste Americano.

Al observar lo que pasaba dentro de su mente, lo vio claro: este hombre tenía miedo. Este Ranson Foster. Pero nadie más lo sabe. Avanza y tiene miedo, pero no es un cobarde. Recuérdalo. Recuérdalo, Hallie.

Liberty Valance le dió la clave.

-¿Me andabas buscando? – le dijo entre dientes. Sonreía….

-Te debo algo y quiero pagar mi deuda – le respondió Ranse.

La mano de Liberty relampagueó con su arma. El revólver en la mano de Foster explotó, y con él todo su universo.

El hombre que mató a Liberty Valance dirigida por John Ford se estrenó en 1962. Un hombre llamado caballo protagonizada por Richard Harris lo hizó en 1970.  Como estas películas, otras muchas más, algunas de ellas consideradas obras maestras del género,  llevaron a la gran pantalla relatos del Oeste Americano publicados muchos de ellos en revistas como Argosy, Colliers y otras.

Son los relatos de Río Rojo, Raíces Profundas, Río Bravo, Centauros del Desierto…

Cine y literatura siempre juntos, inseparables, una vez mas.

Dorothy M. Johnson nació en la ciudad de McGregor, Iowa, en 1905 y murió en Montana en 1984. Como tantos otro, se inició en el periodismo, centrando su carrera en el western y convirtiéndose en una referencia del género.

Ningún hombre vivía en tierra india mucho tiempo si paraba en ella para buscar problemas…

 

Marcovaldo, Italo Calvino

Marcovaldo, Italo CalvinoMarcovaldo
Italo Calvino
Barcelona: Libros del zorro rojo, 2013
Traducción: Juan Ramón Masoliver

Ilustrado por Alejandro Sanna

Marcovaldo ovvero Le stagioni in cittá (Giulio Einaudi, 1963) 

 

Marcovaldo, obrero en una fábrica tan difusa como la ciudad en la que vive, es en realidad un soñador. Y como todos los soñadores es al mismo tiempo encantador y torpe, villano y poeta, adorable y pobre diablo. Busca, desde el corazón del cemento y las fábricas que ensucian el río, estar en contacto con la naturaleza. Marcovaldo se vuelve loco de contento si mientras espera en la cola del autobús divisa asomando entre dos adoquines el sombrero de una seta. Y será feliz sintiéndose el único en haberla descubierto, y recolectará más, y hará fiesta en casa con la familia y… olvidará preguntarse si eran comestibles. Marcovaldo, un adulto niño aún con la ilusión intacta, sin miedo a tropezarse, que mira alrededor de otra manera, descubriendo posibilidades contra pronóstico. Y leer sus aventuras divierte, sí, te traslada a una época de la vida en la que nada parecía imposible. Pero al mismo tiempo hace sentir compasión y contagia una melancolía que, como la niebla del invierno, va dulcemente cubriéndolo todo.

 

Ilustración de Alejandro Sanna

 

Tenía este Marcovaldo un ojo poco adecuado a la vida de la ciudad: carteles, semáforos, escaparates, rótulos luminosos, anuncios, por estudiados que estuvieran para atraer la atención, jamás detenían su mirada que parecía vagar por las arenas del desierto. En cambio, una hoja que amarilleara en una rama, una pluma que quedase enganchada en una teja, nunca se le pasaban por alto: no había tábano en el lomo de un caballo, taladro de carcoma en una mesa, pellejo de higo escachado en la acera que Marcovaldo no notase, y no hiciese objeto de cavilación, descubriendo las mudanzas de las estaciones, las apetencias de su ánimo y la miseria de su existencia.

 

Publicado por primera vez en 1963, el libro incluye veinte relatos, cada uno de ellos ambientado en una estación del año, cinco por cada una de ellas. Para saber más sobre esta edición de 2013 en la editorial Libros del Zorro Rojo se puede visitar aquí su web.

 

Italo Calvino en la Biblioteca de la UPM

 

Casa de muñecas, Patricia Esteban Erlés

Casa de muñecas, Patricia Esteban ErlésCasa de muñecas
Patricia Esteban Erlés
Ilustrado por Sara Morante
Madrid: Páginas de Espuma, 2012

 

Una colección de micorrelatos terroríficos donde los haya -en estas fechas de muertos y huesos de santo no le viene nada mal a la imaginación- es lo que propone Patricia Esteban Erlés en este libro/casa de muñecas que cuenta con una buena cantidad de ilustraciones de Sara Morante, sugerentemente perversas, en negros, grises y magenta (o como se dice en uno de los cuentos: rojo cicatriz).

Este libro/casa de muñecas está dividido en los capítulos/habitaciones que suele tener toda casa victoriana difuminada en nieblas y secretos antiguos que se precie, y en cada espacio, como si de los cajones de la cómoda de la abuela se tratasen, van los terrores correspondientes: muñecas fatales y killer barbies en el cuarto de juguetes, presencias en el armario del dormitorio, un monstruo en el desván de los monstruos, claro está, y fantasmas en… bueno, fantasmas por todas partes, como la vida misma.

 

Ilustración de Sara Morante

 

Microrrelatos bien ejecutados, terror sostenido o insostenible para caracteres sensibles, gusto por lo macabro, humor negro, niñas de porcelana y variedad de sorpresas que nos amargarán deliciosamente una tarde-noche de noviembre mientras una sopa saluda con sus dedos de humo y nos sorprende la cantidad de gente que está sentada ahora mismo en las sillas vacías junto a la mesa.

 

Dos entrevistas a las autoras, en El Mundo y en la revista Culturamas.

Patricia Esteban Erlés, por Sara MorantePatricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972) estudió Filología Hispánica. Obtuvo el Premio de Narración Breve de la Universidad de Zaragoza en 2007 con Manderley en venta y el XXII Premio de Narrativa Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal en 2008 con Abierto para fantoches.

Ha publicado libros de cuentos, Manderley en venta (2008), Abierto para fantoches (2008) y Azul ruso (2010). Y varios de sus cuentos han sido antologados en volúmenes temáticos  y diversas antologías.

 

Sara Morante, por Sara MoranteSara Morante (Torrelavega, 1976) estudió Artes Aplicadas en España y en Irlanda. Obtuvo el Premio Euskadi de ilustración 2012 por La flor roja de Vsévolod Garshín y el Premio Nacional de Arte Joven, categoría ilustración del Gobierno de Cantabria en el año 2008.

Además de Casa de muñecas, ha ilustrado los libros Diccionario de literatura para esnobs, de Fabrice Gaignault, Los zapatos rojos de H. C. Andersen, La flor roja de Vsévolod Garshín, Xingú de Edith Wharton, Señal de Raúl Vacas y Los Watson de Jane Austen.

 

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