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#Hoyleemos: “Alguien voló sobre el nido del cuco” de Ken kesey

Alguien_voló_sobre_el_nido_del_cuco

 

Antes de que el LSD y las andanzas con los Alegres Bromistas (relatadas por Tom Wolfe en Ponche de ácido lisérgico) le convirtieran en uno de los personajes míticos del underground de los años sesenta, Ken Kesey ya había publicado Alguien voló sobre el nido del cuco, una auténtica «novela de culto». En 1960 Ken Kesey, estudiante universitario, se ofreció como voluntario para los experimentos sobre drogas psicodélicas que los psiquiatras de un hospital californiano ensayaban para futuros usos terapéuticos. De esta experiencia personal nació Alguien voló sobre el nido del cuco. Su protagonista, Randle McMurphy, que se finge loco para escapar a los rigores de la cárcel, es destinado a la sala del hospital psiquiátrico que dirige Ratched, la sádica Gran Enfermera. McMurphy, vital, generoso, amoral y rebelde, librará una guerra contra la Gran Enfermera. Las batallas serán divertidas y cruentas; algunos internos perderán en ellas la vida, y otros descubrirán los encantos del sexo, la bebida, la libertad y la rebelión permanentes.

 

Así comienza "Alguien voló sobre el nido del cuco".

Están ahí fuera.
Chicos negros con trajes blancos se me han adelantado para cometer actos sexuales en el pasillo y luego limpiarlo antes de que consiga atraparlos.
Están fregando cuando salgo del dormitorio, los tres enfurruñados y llenos de odio hacia todo: la hora que es, el lugar donde se encuentran, la gente con quien tienen que trabajar. Cuando están tan llenos de odio, más vale que no me deje ver. Me deslizo pegado a la pared, sin ruido, como el polvo sobre mis zapatillas de lona. Pero están equipados con un detector especialmente sensible que capta mi miedo y los tres levantan la vista, al mismo tiempo, con las caras negras de ojos relucientes, relucientes como las lámparas de una vieja radio vista por detrás.
— Ahí viene el Jefe. El Super Jefe, chicos. El Viejo Jefe Escoba. Qué tal, Jefe Escoba…
Me ponen una fregona en la mano y me indican el lugar que quieren que limpie hoy, y allá voy. Uno me golpea las pantorrillas con el mango de una escoba para darme prisa.
— ¿Habéis visto cómo la agarra? Es tan grande que podría hacerme pedazos y me mira como un niño.
Se ríen y después les oigo murmurar a mis espaldas, las cabezas muy juntas. Zumbido de maquinaria negra, que va zumbando odio y muerte y secretos del hospital. No se toman la molestia de bajar la voz para intercambiar sus secretos de odio cuando estoy cerca porque me creen sordomudo. Todos lo creen…

 

Alguien voló sobre el nido del cuco /  Ken Kesey — Ed. Anagrama

"Alguien voló sobre el nido del cuco" en Wikipedia

Título disponible en la Sección NO Técnica de @bibliotecaetsii (Signatura 82N KES ALG)

 

#Hoyleemos: “El señor de las moscas” de William Golding

 

Urdida en torno a la situación límite de una treintena de muchachos en una isla desierta, El Señor de las Moscas es una magnífica novela que admite lecturas diferentes e incluso opuestas. En efecto, si algunos pueden ver en esta indagación de William Golding en la condición humana la ilustración de que la agresividad criminal se halla entre los instintos básicos del hombre, otros podrán considerarla como una parábola que cuestiona un tipo de educación represiva que no hace sino incubar explosiones de barbarie prestas a estallar en cuando los controles sociales se relajan.

 

"Cuando Ralph cesó de sonar la caracola, la plataforma estaba atestada, pero aquella reunión era bastante diferente de la que había tenido lugar por la mañana. El sol vespertino entraba oblicuo por el otro lado de la plataforma y la mayoría de los muchachos, aunque demasiado tarde, al sentir el escozor del sol, se habían vestido; el coro, menos compacto como grupo, había abandonado sus capas.

Ralph se sentó en un tronco caído, dando su costado izquierdo al sol. A su derecha se encontraba casi todo el coro; a su izquierda, los chicos mayores, que antes de la evacuación no se conocían; frente a él, los más pequeños se habían acurrucado en la hierba.

Ahora, silencio. Ralph dejó la caracola marfileña y rosada sobre sus rodillas; una repentina brisa esparció luz sobre la plataforma. No sabía qué hacer, si ponerse en pie o permanecer sentado. Miró de reojo a la poza, que quedaba a su izquierda. Piggy estaba sentado cerca, pero no ofrecía ayuda alguna. Ralph carraspeó.
-Bien.
De pronto descubrió que le era difícil hablar con soltura y explicar lo que tenía que decir. Se pasó una mano por el rubio pelo y dijo:
-Estamos en una isla. Subimos hasta la cima de la montaña y hemos visto que hay agua por todos lados. No vimos ninguna casa, ni fuego, ni huellas de pasos, ni barcos, ni gente. Estamos en una isla desierta, sin nadie más…"

 

El señor de las moscas / William Golding – Ed. Alianza editorial

"El señor de las mosas" en Wikipedia

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#Hoyleemos: “Diez negritos” de Agatha Christie

 

Diez personas que no se han visto nunca son invitadas por un huésped desconocido a pasar unos días de vacaciones en una lujosa mansión situada en una bonita isla de la costa inglesa. Cada uno de los invitados tiene algo que esconder, y un crimen por el que debe pagar.

"La embarcación rodeó la isla, y por fin apareció la casa. El lado sur de la isla del Negro era diferente del resto; descendía en una suave pendiente hacia el mar. La mansión era baja y cuadrangular, de estilo moderno. Estaba orientada al mediodía y recibía la luz a raudales a través de unas ventanas redondas. Una mansióne spléndida que respondía a los sueños de cualquiera.

Fred Narracott apagó el motor y guio la barca hacia una cala pequeña flanqueada por unas rocas.

— Debe de ser muy difícil llegar hasta aquí con mal tiempo — comentó con interés Philip Lombard.

— Cuando sopla el viento del sureste es imposible desembarcar en la isla del Negro — respondió el marino en tono alegre–. Las comunicaciones quedan cortadas durante una semana o más.

<<El aprovisionamiento debe de ser difícil. Esto es lo peor de vivir en una isla. Hasta el mínimo asunto doméstico puede convertirse en un verdadero problema>>, pensó Vera Claythorne.

El costado de la embarcación rozó suavemente las rocas. Fred Narracott saltó a tierra el primero. Lombart y él ayudaron a los demás a desembarcar. Narracott amarró la barca a una argolla sujeta a la piedra y después dirigió al grupo hacia una escalera cincela en la roca.

–¡Esto es espléndido! –exclamó el general Macarthur. A pesar de sus palabras de encomio, parecía sentirse intranquilo. Aquel sitio resultaba inquietante…"

 

Diez negritos / Agatha Christie – Ed. ESPASA

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